Acaso una de las principales incógnitas que giran en
torno a la designación de Sergio Massa como ministro de Economía, Producción y
Agricultura es por qué el ex diputado tuvo ahora el concurso del dúo Fernández -la
vicepresidenta Cristina y el presidente Alberto (el orden es deliberado)- y no
el fin de semana del 2 de julio, cuando renunció Martín Guzmán. En estos días,
la novedad de su desembarco no estaría opacando en los medios de comunicación
más críticos del gobierno el alegato en el juicio de Vialidad. Lo contrario
ocurre en los medios de comunicación que suelen casi no criticar, o criticar
muy poco, al gobierno.
¿El tiempo de la novedad habría sido previsto de
acuerdo a la compulsa en la Justicia? Cabe dar lugar a hipótesis menos
maquiavélicas: sencillamente, el rumbo del gobierno nacional, más precisamente
su tinte inercial, tenía pronóstico de severa colisión. Acaso los 24 días de
Silvina Batakis hayan sido una mera búsqueda de tiempo hasta poder hilvanar
ideas y nombres. Finalmente, Cristina y Alberto, los otros líderes del Frente
de Todos, encumbraron a la tercera pata de la coalición: aparentemente, no
contaban con muchas más alternativas [¿o ni siquiera con ninguna otra?].
¿Massa podrá evitar, como ministro de Economía, lo
que algunos políticos, funcionarios
-oficialistas y opositores- y economistas avizoran como un colapso? La
oxigenación que se supone aportaría con su nombramiento, ¿por cuánto tiempo
podrá sostenerse? ¿Cuál es la urgencia que tienen Cristina Fernández, los
gobernadores peronistas, Alberto Fernández y Massa mismo para que su gestión
empiece a presentar resultados [positivos, claro está]?
Esos mandatarios provinciales fueron crudos con su
homólogo nacional en la reunión casi descarnada que tuvieron el miércoles 27 de
julio. Prácticamente le dieron un ultimátum al superintendente de Seguros
durante la primera gestión de Domingo Cavallo en Hacienda. ¿Los líderes
territoriales subnacionales del peronismo volverían a emplazar a Fernández y a
Massa? Batakis fue realista y cruda con ellos, y se trazó retacear fondos para
los distritos. ¿Massa se animaría a lo mismo?
¿La liga de gobernadores buscaría colar una pre fórmula
presidencial? ¿Jorge Capitanich, Sergio Uñac, Gerardo Zamora buscarían subir de
escalón? ¿Juan Schiaretti sería una prenda de unidad? Esto sin dudas entraría
en colisión con las casi seguras aspiraciones de Massa. Cabrá ver qué
desplazamientos, y con qué intensidad, se moverían los líderes territoriales
del oficialismo.
¿Tendrá el nuevo ministro la fortaleza para resistir
eventual fuego «amigo», como por ejemplo, las advertencias de probables saqueos
de Juan Grabois, o las marchas de centrales sindicales -aún las que fuesen
novedosamente «en contra de nadie»? Dirigentes y legisladores oficialistas,
¿tendrían ahora margen para no apoyar iniciativas del ministro, como antes no
lo hicieron con Martín Guzmán, cuando se votó en el parlamento el acuerdo con
el Fondo Monetario?
¿Hasta qué punto podrá disponer de su probado pragmatismo
y audacia? ¿Dónde estaría su techo, y quién se lo marcaría? ¿El presidente
Fernández podría, de estimarlo conveniente, imponerle políticas? En otras
palabras, ¿cuál será su grado efectivo de independencia? ¿Y el de sus
colaboradores? Sería de esperar que más temprano que muy tarde alumbre un
comisariato político -Guzmán puede dar fe de ello: en los archivos están las
filosas y envenenadas frases de Andrés Larroque, por ejemplo-.
También deberá contar con el favor de los
principales asesores de la vicepresidente: Leopoldo Moreau, que fue designado
presidente de la Cámara de Diputados en 1989 cuando su titular fue nombrado
ministro de Economía por el presidente Alfonsín, también fue gráfico ante la
líder oficialista: “El Gobierno cambia o sea cae”. La hija diputada de Moreau,
Cecilia, ocupa desde ayer, y por el mismo motivo, la función que desempeñó su
progenitor 33 años atrás -la edad de Cristo-.
¿Cuál será el grado de acuerdos que tendrá con sus
subordinados en la Secretaría de Energía, que reportan directamente a Cristina
Fernández? ¿Primará la lógica ministro por sobre secretario o la nueva
(i)lógica argentina: vicepresidente por sobre presidente y ministro?
Su audacia y su
evidente ambición llevaron a Massa a dejar la «paz» de la presidencia de
Diputados para aceptar el ministerio de Economía y a despreciar la Jefatura de
Gabinete. Cabría preguntarse si el instituto ideado (e idealizado) por Raúl
Alfonsín en 1993, tiene real sentido y practicidad, más allá de su rango
constitucional. Desde 1995 a la fecha, en lo concreto no ha pasado de mera
vocería; y en la actualidad, con Juan Manzur en el cargo, se ha convertido en
una suerte de delegación de los gobernadores ante el Ejecutivo.
Híbrido más bien
indefinido, no le ha siquiera servido a quienes detentaron el cargo para concretar
aspiraciones superiores -claramente Alberto Fernández, jefe de Gabinete por
cinco años, no alcanzó la presidencia gracias a aquella experiencia, sino más
bien por el decisivo impulso de Cristina Fernández-. Massa no podrá negar que
estaba esperando este ofrecimiento que buscará convertir en su magna
oportunidad.
Massa deberá surfear entre los vientos en los que se
entremezclan las palomas y los halcones
del oficialismo. Resta, ni más ni menos, conocer si en situación de fuertes
vientos, se impone el ministro o uno de los dos bandos. En ese escenario, es
fundamental poder conocer la respuesta a este interrogante: ¿quién tiene más
para dar? ¿Alberto, Cristina y los suyos o Sergio & compañía?
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