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¿Cuántas barreras deberá sortear Massa?



¿Cuántas alternativas de política económica y de nombres le quedaban al presidente Alberto Fernández y a su vice, Cristina Fernández, antes de designar como ministro de Economía a Sergio Massa? ¿Cuántas alternativas les quedan ahora? ¿Es Massa la última oportunidad económica del Frente de Todos? ¿O es la última oportunidad política?

El interrogante puede también unificarse: ¿es Massa la última oportunidad política y económica de Alberto, Cristina y del Frente de Todos?

Para pasar de oportunidad a esperanza concreta [¿o tímida?], Massa y su gestión deberán sortear distintas barreras, todas hoy bajas, con los semáforos rojos titilando y cada una con el tren próximo a pasar a toda velocidad. Dependerá en gran parte de su pericia y de la de su equipo cruzar las vías sin ser embestidos por las formaciones, que para colmo, en muchos casos corren en sentidos contrarios entre sí, sumando más incertidumbre a la situación general.

La lista de obstáculos a atravesar, si bien no infinita, es robusta y da la impresión de tornarse cada vez más fuerte y adversa. ¿Cuáles son algunas de ellas? Los que siguen son apreciados como los principales desafíos a enfrentar por Massa y la administración gubernamental.

Detener primero, y llevar a la baja después, el hasta ahora imparable alza de precios: mostrar en tres o cuatro meses algo de efectividad contra la inflación sería vital para su gestión. Algunos pronósticos de consultoras privadas no son alentadores: FIEL es la que concluyó el número más adverso, estimando la inflación en 112,4%.

Robustecer las reservas del Banco Central. Eventualmente desdoblar el valor del dólar para fondearlo, como paso que sería previo a una eventual devaluación que llevaría, como contraparte, a un alza de precios (en indudable colisión con el primer punto señalado). Sería deseable establecer una relación de confianza con el principal sector exportador para conseguir este objetivo.

Sostener una relación estable con el Fondo Monetario Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo, y otros organismos financieros para contar con expectativas de obtener créditos en caso de necesitarlos con urgencia.

Implementar un ajuste fiscal (sorteando resistencias por sobre todo internas) que aparece como inevitable para torcer el déficit. Íntimamente relacionado a esto, ejecutar, según ha manifestado el nuevo ministro, una nueva política de subsidios a los servicios públicos, especialmente en el AMBA. Horizonte buscado: orden fiscal.

Sostener especialmente con los gobernadores (oficialistas en su mayoría) una relación fluida, que estaría inevitablemente basada en la transferencia de fondos a los distritos. Silvina Batakis podría dar fe de que sin el apoyo de los mandatarios provinciales no hay margen para cruzar siquiera la primera barrera.

Mantener una relación de buenos términos con los gremios y las distintas organizaciones sociales que le permita a la administración contener una protesta social que podría ser aguda -conviene recordar que hace menos de diez días hubo intentos de saqueos en San Juan-. Tener una política, y también una muñeca política casi quirúrgica, para el manejo y administración de los “planes sociales” otorgados a la distintas organizaciones.

También deberá mantener, y por sobre todo acrecentar, el apoyo de Cristina Fernández, aunque aún tímido. El apoyo de Cristina es también el del Frene de Todos, al menos desde lo formal.

A mediados de septiembre Massa tendrá una prueba de fuego: deberá presentar ante el Congreso nacional el proyecto de presupuesto 2023. Allí la ciudadanía conocerá las previsiones de recursos y gastos para el próximo ejercicio, y el rumbo general que pretendería el Gobierno. También se conocerá, de manera más concreta, con cuánto poder y con cuánto apoyo interno cuenta el ministro. Massa llega empoderado desde que tomó control de la secretaría de Energía.

Aquellas barreras -no serían todas- son los escollos del nuevo ministro y las de los últimos gobiernos nacionales, que no supieron, y/o no pudieron y/o no quisieron superar. Son también las barreras a las que se enfrentan todos los días, y de manera cada vez más agobiante, los ciudadanos de La Quiaca, de Puerto Iguazú, de General Pico, de Uspallata, de Tolhuin… de todo el país.

Sabido es que la necesidad siempre se impone. Y que ella tiene cara de hereje. ¿Una meta autoimpuesta de Massa y su equipo sería llevar, aunque sea, algo de racionalidad en el actual escenario? En otras palabras: ¿la meta es evitar el colapso?

¿Qué sería “éxito” en este escenario de múltiples frentes? ¿Llevar la inflación, en dos o tres meses al orden del 5/6 por ciento? ¿Estabilizar el riesgo país en torno a los 1500 puntos?¿Llevar el nivel de reservas reales del Central a 5000 mil millones de dólares? ¿Conservar el apoyo de las organizaciones sociales que hoy adscriben al gobierno de Fernández?  ¿Conseguir una pronta y poco negociada aprobación del Presupuesto en el Congreso? ¿Mantener el apoyo interno, especialmente el de la líder del oficialismo, Cristina Fernández y el de los gobernadores?  ¿Las metas del Gobierno y de Massa son ambiciosas o modestas?

Si esas metas son alcanzadas, ¿podría surgir un candidato a la Presidencia que represente al Frente de Todos de manera unificada? ¿O aún con tímidos éxitos en la gestión Massa no sería ungido como precandidato de unidad y tan sólo se habría convertido en el hacedor de la tarea sucia que nadie quería -y nadie se animó a- realizar, a lo Remes Lenicov en enero-abril de 2002?

En muy pocos meses [¿tendrá una luna de miel de 100 días? -estos se cumplirán el 11 de noviembre-] el Gobierno, pero sobre todo la sociedad argentina, conocerá si la inicial euforia oficial por la designación se habrá transformado en certera oportunidad para la economía del país, y para la política del Frente de Todos. La otra opción también está sobre la mesa.

El desarrollo y la inclusión real quedarán para años [¿décadas?] después. ¿Quién tendrá la responsabilidad de liderarlo, más allá de los emprendimientos e iniciativas privadas?


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